hoy traigo este artículo de Emi de la Llave, cuyo trabajo admiro y he conocido personalmente en el taller «no soy madre».

en el blog homónimo, podéis encontrar éste y otros artículos.

la imagen es de Reme Remedios, artista y terapeuta gestalt también, directora de la galería en Ponferrada «Dos Mil Vacas» y facilitadora del Proyecto » Cabaña Roja: mujeres en círculo». también siento gran reconocimiento por el trabajo de Reme y hoy parece el día justo de reconocer a estas dos mujeres que me han acompañado y mostrado luz en mi camino.

Artículo de Emi de la Llave:

» Maternidades Hiperdeseadas «.

“Lo tendré porque lo tengo que tener o no entiendo el mundo”.

Yerma. Federico García Lorca.

Tengo que tener un hijo/a” ¿es un deseo de hijo/a o es un imperativo introyectado?. “La capacidad de dar a luz es algo biológico: la necesidad de convertirlo en un papel primordial para la mujer es cultural”.  (Cuesta, 2008).

Desde hace ya 5 años me dedico a acompañar a mujeres que por diferentes circunstancias, tienen dificultades para concebir hijo/as y ejercer el rol materno que desean. No soy yo la única que piensa que algo está ocurriendo con la fertilidad como población en países desarrollados. Estamos teniendo dificultad a edades cada vez más tempranas para concebir y aún no están claras las causas.  La magnitud del problema es algo sin precedentes y el sufrimiento que esto genera se pasa por alto para dedicarnos a “producir bebés” desconociendo lo que nos está ocurriendo como grupo humano.

En este tiempo he podido observar que, aún hoy en día, es habitual que todos los posibles deseos se sustituyen por uno: el de tener un hijo/a, como un poder que nos une a todas. Vista así, la maternidad consigue crear una identidad homogénea de todas las mujeres e hijo/as. Representa aquello que podría hacernos felices y completas a todas. Sigue vigente la creencia de que la mujer requiere de la identidad materna para su plena realización, lo que no sucede con el hombre.

La maternidad hoy, para muchas mujeres, parece seguir estando por encima de todo. En muchos casos, continúa asociada a la completud, a la realización personal. Al todo, sin agujeros ni fisuras. Muchas mujeres ven en un hijo la posibilidad de llenar el vacío, de satisfacer la insatisfacción. El ideal de un hijo como sinónimo de completud. Un hijo como el pasaporte para el título de mujer buena, completa, integral. Y fecunda”. (Winocur, 2012, p.49).

En nuestra cultura se continúa identificando la feminidad con la maternidad. A partir de la posibilidad biológica reproductora de las mujeres, se instaura un deber, una norma, un introyecto de obligatoriedad. En mi trabajo con mujeres que no pueden engendrar  y sufren por ello, me encuentro que cuando se lleva tanto tiempo buscando tener un hijo/a, casi siempre, el primero, los demás deseos desaparecen y como figura aparece el hijo/a como “deseo o necesidad principal sobresaliente”. Es difícil cambiar la atención hacia otros ámbitos, valorar otras facetas para que éstas empiecen también a florecer como figuras. Por ese motivo me parece tan importante trabajar con estas mujeres sus otras facetas como personas porque en el caso de que no puedan ejercer su rol de madres es importante que se vivan como personas multifacéticas. Esa es la riqueza de nuestras vidas. Poder reapropiarse la posibilidad de crear un proyecto vital satisfactorio para ellas, adaptarse y flexibilizarse a las circunstancias. Es un trabajo básico para la salud mental de estas mujeres.

Los roles femeninos y su reconocimiento social han ido variando con el tiempo. No era lo mismo hace unos años ser una mujer soltera sin descendientes que en la actualidad. Actualmente, como ya ocurrió hace unas décadas, parece que aquellas que consiguen ser madres, formar una familia y tener pareja, tienen un mayor éxito social que aquellas que no tienen ni pareja ni descendencia.

Las mujeres que no pueden engendrar envidian a aquellas que consiguen embarazarse y tener descendientes con mayor o menor dificultad. Sin embargo, también hay mujeres a las que les costó grandes esfuerzos quedarse embarazadas, y que luego en su rol de madres, envidian a las que no lo son y no tienen esa “carga” que ellas sienten. Al final, las mujeres nos acabamos enfrentando con nosotras mismas, comparándonos y valorándonos en función de paradigmas patriarcales y de los valores socioculturales del momento. Las mujeres con las que trabajo sufren celos, envidias y competencias femeninas con otras mujeres que también están atrapadas por estereotipos o roles sociales.

Las mujeres sentimos siempre culpa, tanto por ser madres como por no serlo. Las madres han sufrido tradicionalmente una dosis importante de culpa ya que son ellas las máximas responsables del cuidado de un individuo pequeño y vulnerable. Esto genera mucha carga, como dice la antropóloga M. Lagarde (2013): “la formula enajenante asocia a las mujeres cuidadoras (… el descuido de lograr el cuido. Es decir, el uso del tiempo principal de las mujeres, de sus mejores energías vitales, sean afectivas, eróticas, intelectuales o espirituales, y de la inversión de sus bienes y recursos, cuyos principales destinatarios son los otros. Por eso, las mujeres desarrollamos una subjetividad alerta a las necesidades de los otros, de ahí la famosa solidaridad femenina y la abnegación relativa de las mujeres”  (p.2) Lagarde, M (2013).

Si no somos madres y no tenemos hijo/as. ¿A quién cuidamos? Como si cuidarnos a nosotras mismas o a lo que nos rodea y ya existe, no fuera suficientemente importante.

La maternidad ha estado y está muy glorificada. Frases como “ “Madre no hay más que una” – “Con mi madre no te metas” – “Mi madre es lo más grande que hay” – “Yo por mi madre doy la vida” – “Mi madre lo dejó todo por mí” – “Mi madre es un ejemplo de mujer, siempre se sacrificó por todos” – “Tengo la mejor madre del mundo” – “Más allá de nuestras diferencias, ella es mi madre” – “Una madre siempre quiere lo mejor para sus hijos” – “El amor de madre es el único realmente incondicional” – “A mí sólo me manda mi madre” – “Mi madre me arruinó la vida”. Estas frases representan nuestro imaginario social y general ese lugar de omnipotencia que se les confiere a las madres”. (Muñoz, 2009, p.7). El poder de las madres y de la maternidad.

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Los seres humanos no somos una unidad. El sujeto humano es complejo y múltiple, con nuestras incoherencias y contradicciones, las polaridades que nos escinden. No nos sentimos totales pues siempre carecemos de algo. Siempre anhelamos lo que carecemos. Simone de Beauvoir dice que el deseo femenino no es maternal ni anti-maternal, sino que es ambivalente, contradictorio, siendo la ambigüedad la característica de la maternidad. Estoy completamente de acuerdo con esto y por este motivo trabajo las polaridades con mujeres que engendran. Dentro de ellas existe la contradicción entre el miedo y el deseo de ser madre. “Una cosa es querer con la cabeza y otra que el cuerpo, ¡maldito sea el cuerpo!, no nos responda”. (Yerma).

Mirando la historia, no hago más que encontrar polaridades y contradicciones al respecto de cómo hemos vivido las mujeres la maternidad. En el siglo XX, antes de la existencia de los anticonceptivos, nos quedábamos muchas veces consternadas ante los embarazos no deseados, que eran demasiados y demasiado pronto.

Ahora, sin embargo, nos consternamos ante la falta de embarazos que son excasos y demasiado tarde.

Las relaciones sexuales anteriormente estaban marcadas por poner los medios necesarios (coitos interruptus, método ogino, etc) para evitar el embarazo y actualmente están marcadas por buscar los días de ovulación, diferentes posturas específicas, etc.

En épocas pasadas, nacían niños de “maternidades forzosas” que en muchos casos eran atendidos por la asistencia pública o víctimas de maltrato en sus familias. Las mujeres anteriormente tenían muchos más hijos de media.

En la actualidad son “maternidades hiperdeseadas” que probablemente nos traerán otras consecuencias, al poseer estos niños como un tesoro o como un derecho que creemos tener. No hay escrúpulos en pagar miles de euros para que otro vientre engendre “nuestro hijo/a” o se compren óvulos o esperma de personas jóvenes que necesitan dinero. Todo medio es válido para satisfacer el deseo de la maternidad.

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Durante el siglo XX y con la ilegalización del aborto, muchas mujeres sufrían consecuencias físicas y psicológicas al provocarse abortos voluntarios o hacerlo clandestinamente. Décadas después hemos “no engendrado” gracias a los métodos anticonceptivos. Hemos pasado de una “maternidad ilegítima” a una “maternidad deseada” (hiperdeseada en algunos casos). En la actualidad, las mujeres sufrimos estoicamente otras consecuencias físicas y psicológicas a causa de la terapia hormonal para conseguir el embarazo.

Nuestras abuelas tenían hijo/as sin apenas poder mantenerles. Cuando moría algún progenitor, esos niño/as tenían que ser criado/as por internados o familiares. La mentalidad ahora es que vengan hijo/as que no pasen penurias. Ese es uno de los motivos del retraso de la maternidad encontrándonos progenitores de una edad muy avanzada.

Las mujeres en otras sociedades del siglo pasado podían suicidarse o cometer infanticidio antes de ser “madres solteras” y ahora y cada vez en más casos, se busca ser “madre sola”, véase el documental “La teoría sueca del amor”. [ii]

Anteriormente, la mujer estaba dividida porque en su fuero interno, rechazaba tener que abortar ya que su deseo espontáneo era quedarse con la criatura. A pesar de esto, la impedía nacer  y rechazaba ser madre. Actualmente se desea la maternidad, aunque en muchas ocasiones se llega a rechazar la pesada responsabilidad, el deber y las obligaciones que traen los niño/as. Anteriormente muchas mujeres quedaban traumatizadas por “el hijo/a que no había nacido a causa del aborto” y ahora quedamos traumatizadas por “el hijo/a que no se ha engendrado, no ha nacido o no ha existido”.  La mujer se consideraba una víctima, mancillada y humillada al tener hijas y tener que abortar. En estos tiempos, el no tenerles nos hace ser una víctimas de la desgracia de la infertilidad.

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Simone de Beauvoir afirmaba que “el control de la natalidad y el aborto legal permitirían a la mujer asumir libremente sus maternidades”. Décadas después de su muerte las mujeres hemos conseguido controlar nuestra natalidad e incluso se ha legalizado el aborto, pero ¿podemos decir claramente que somos libres para elegir y asumir nuestro deseo de maternidad? ¿Es la maternidad libremente asumida y sinceramente deseada? Después de 70 años considero que no somos libres para decidir si queremos ser madres o no, ni cómo ni cuándo llevarlo a cabo, o al menos no en todos los casos. Cuando la cuenta atrás de la edad llama a la puerta, a veces parece más que hay una meta en lugar de un verdadero deseo. Existe un miedo a qué pasará si no tengo hijo/as más que una convicción real de tenerles. Se espera hasta el último minuto con dudas e incertidumbres.

Con los abortos la mujer renegaba de los valores de la feminidad y con la infertilidad ahora también. Hemos ido pasando por diferentes conceptos sobre el engendramiento. La aparición de la menstruación en la época de nuestras madres y abuelas era una bendición y un alivio. Actualmente puede llegar a ser una maldición en muchas mujeres que no pueden engendrar o que tienen graves problemas de endometriosis. Nosotras no tenemos tanto control. Las mujeres no hacemos el hijo/a, ésta se hace en nosotras, como dice Simone de Beauvoir.

Según cuenta el psicoanálisis y Freud, la vinculación amorosa exclusiva con la madre es decisiva para el futuro de la mujer y el hijo/a. Aparece para la mujer como la posibilidad de recrear esa relación primitiva e intensa que tuvimos con nuestra madre en nuestra primera infancia, algo así como una compensación por una pérdida irreparable. Con lo cual, entre los múltiples componentes que integran el deseo de hijo/a, se encuentra esta vertiente narcisista (es decir, el deseo de recobrar esa unidad imaginaria con la madre donde, supuestamente, no se carecía de nada). Por este motivo, también en mis talleres trabajo con nuestra propia madre y cómo es el apego con ella. Mucho de la relación imaginaria en el binomio madre-hijo/a, está teñido de colores de nuestra historia con nuestra madre y es conveniente ponerle algo de luz.

¿Nos han ido preparando nuestras antecesoras para la entrada en la maternidad o vamos arrastrando aún sus traumas? Estamos cargadas de introyectos sobre el género que aún nos dictan internamente lo que tenemos que hacer como mujeres. Las mujeres que vienen a mis grupos tienen la expectativa de poder tomar una decisión en su ambivalencia con respecto a su deseo y de poder ser ellas de nuevo. Vienen atrapadas por estos introyectos y el patriarcado. Muchas de ellas no quieren ser madres cómo lo han sido sus madres, sacrificadas y olvidadas de los demás y por ellas mismas.

Al igual que en las relaciones de pareja, donde demasiado a menudo e inconscientemente nos podemos unir desde nuestras debilidades, necesidades y expectativas neuróticas de salvación y felicidad y no desde nuestras fortalezas, pidiéndole al otro en lugar de saber dar; a veces, también se trata de alcanzar la plenitud gracias a un hijo/a, o amor o respeto que no hemos sabido crear en nosotras mismas.

En terapia, intentamos trabajar sobre la “capacidad de sostenernos a nosotras mismas” como signo de maduración personal y crecimiento. Las mujeres  deberíamos ser capaces de mirar desinteresadamente la felicidad de otro u otra y tratar de superar nuestra propia existencia sin ayuda de otra persona. Los hijo/as no vienen a llenar un vacío en nuestras vidas, no son un sucedáneo del amor, no son los juguetes de los padres, ni nuestras proyecciones, ni la realización de nuestras necesidades. Por eso me molesta la expresión “tengo derecho a ser madre”, en todo caso diría “tengo el deber de ser feliz sin exiguir a la vida”. Los hijo/as, no son sucedáneos de ambiciones insatisfechas, sino frutos del amor, nuestra responsabilidad y nuestro deber.

Es nuestra obligación y menester no traspasar todas estas neurosis a las siguientes generaciones y poner luz sobre esto.

“Los complejos, las obsesiones, las neurosis que sufren los adultos tienen su raíz en su pasado familiar; los padres que tienen sus propios conflictos, sus disputas, sus dramas, son para el niño la compañía menos deseable. Profundamente marcados por la vida del hogar paterno, abordan su propia procreación a través de complejos y de frustraciones, perpetuando hasta el infinito esta cadena de miserias”. ( S. de Beauvoir, 1949, p. 622).

Desde ahí retomo la pregunta ¿Somos libres al sentir esta cadena perpetuando la neurosis heredada?, ó ¿quizás yo intento y pretendo hacer con mis hijo/as lo que no han hecho conmigo?

“No es lo mismo engendrar carne de cañón, esclavos, víctimas u hombres libres. En una sociedad adecuadamente organizada, que se hiciera cargo en gran medida del niño, en la que se cuidara y ayudara a la madre, la maternidad no sería totalmente irreconciliable con el trabajo femenino.  Todo lo contrario: la mujer que trabaja –agricultura, química o escritora- tiene embarazos más fáciles porque no se queda fascinada con su propia persona: la mujer que tiene una vida personal más rica dará más cosas al niño y le pedirá menos: la que adquiere con esfuerzo, con lucha, conocimiento de los verdaderos valores humanos, será la mejor educadora”. ( S. de Beauvoir, 1949, p. 624).

 “Los úteros de las mujeres eran como un cuerno de la abundancia que sin poner apenas esfuerzo en ello-salvo el de sus propias vidas- proveían al género humano de más género humano, sin detenerse a pensar si valía la pena”. Tubert (1991:117).

Silvia Tubert propone distinguir entre “deseo de hijo/a” y “deseo de maternidad”. El primero se identifica con tener un hijo/a, mientras que en el segundo caso lo que está en juego  es el ser madre. Tubert (1991) señala que tradicionalmente, la práctica maternal en los sistemas patriarcales se ha caracterizado por el deseo de la maternidad, lo cual supone un predominio de la voluntad de satisfacción narcisista sobre la decisión de ser madre. La maternidad como medio de conseguir reconocimiento y los hijo/as se convierten en objetos de pasión narcisista. Sobre ellas se proyecta la realización de ambiciones personales. Tubert insiste en que actualmente, sobre todo con las técnicas de reproducción asistida, este esquema se reproduce aún con mayor intensidad.

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La progenie es un capital no solo económico, afectivo y narcisista sino también genético y genealógico. “Asistimos a un verdadero proceso de fetichización del hijo imaginario. Este debe probar la identidad sexual de su madre, su integridad física, su función social y su control sobre la vida”. Tubert (1991. Pag 364). Y para hacerlo debe ser una criatura nacida del propio cuerpo ya que otro sustituto como la adopción enturbiaría el ideal narcisista de la maternidad que el cuerpo no ha podido alcanzar. Por eso el cuerpo de la mujer infecunda se convierte en pura negatividad. Se trata finalmente de un cuerpo despiezado de la mujer como estrategia de dominación patriarcal. La imposibilidad de procrear ocasiona una herida narcisista.

Las mujeres con las que trabajo, la mayoría de ellas, se han sometido a varios y diferentes tratamientos de reproducción asistida. Cuando nos sometemos a tantos tratamientos y sacrificios físicos, psíquicos, económicos y emocionales es como si estuviéramos formando parte del discurso social de la maternidad, y de la imagen martirizada y estoica de la mujer. “Usted me ha de decir que tengo que hacer, que yo haré lo que sea, aunque me mande clavarme agujas en el sitio más débil de mis ojos”. Yerma.

El cuerpo de la mujer se convierte en laboratorio de la biotecnología y la reproducción se hace autónoma con respecto al sexo. La biología aborda al cuerpo femenino como un conjunto de piezas separadas y recorta nuestras funciones orgánicas. Esto hace que las mujeres tengamos una percepción somática y corporal separada y escindidas de nosotras mismas. El cuerpo, su control, percepción y sensaciones pertenecen al mundo de la ciencia, la tecnología, la mente y el resultado final. Al final, la “producción de niño/as” se convierte en una preocupación fundamental en una sociedad postindustrial, como la occidental, que envejece cada vez más y en el cuál las mujeres reducen el número de hijo/as que traen al mundo.

Que nosotras no controlemos las condiciones de nuestra reproducción y la dejemos en manos médicas me parece peligroso. Se trata de una ciencia mecanicista, reduccionista y de conquista de la naturaleza y la vida como expresión del patriarcado capitalista. Después de los 40 años solo si tienes dinero puedes seguir haciendo infinitos procesos de reproducción, donación de óvulos, etc… sin una regulación, solo pagando. Las patentes de vida o de semillas reflejan la ilusión patriarcal capitalista de la creación, tanto en seres humanos, como en vegetales. Barajar genes no es crear vida. Los organismos vivos se hacen a sí mismos.[iii]

Ahora, la ingeniería genética controla los procesos genéticos y biológicos  Se produce, reproduce y manipula vida humana. Parece que el hombre a través de la ciencia, ha llegado por fin a ser creador de vida. Para crear vida humana nueva ya no es necesaria una relación entre un hombre y una mujer.

La biotecnología se inventó para superar los límites que la naturaleza ha impuesto a los seres humanos. La maquinaria del patriarcado nos quiere para la producción. Nosotras hemos salido al mundo laboral masculino  para no estar únicamente cuidando de otras personas, porque se nos ha humillado al no tener el poder fuera de casa. Todas necesitamos reconocimiento externo y propio. Nos hemos preparado durante años para ser independientes y libres en ese sentido. Pero claro, se nos sigue castigando si no somos madres, porque es el fin de las mujeres. Hemos llegado tarde a tener hijo/as, entonces, nos meten en laboratorios, nuestros úteros se llenan de aparatos fríos, metálicos y asépticos y los niño/as ahora son engendrado/as por tecnología, no por medio del encuentro del amor entre dos cuerpos calientes y sintientes. En quirófanos fríos y en cámaras de congelación se gestan seres humanos que vienen al mundo reproductivo capitalista. El generar niño/as es otro sistema de producción. Producir conocimientos, profesión, alimento, economía e hijo/as. Sin embargo, los hijo/as no son una producción más con sus éxitos y fracasos. Lamentablemente así se está viviendo el tema de no poder engendrar, con un nivel de angustia, culpa, ansiedad y depresión elevadísimos. Las mujeres seguimos sacrificando nuestros cuerpos y cuando estos tratamientos no obtienen el resultado esperado, la culpa nos la solemos atribuir a nosotras (no hemos reposado adecuadamente, estoy muy estresada, no puedo sujetar el feto…).

La tierra está cambiando aceleradamente como consecuencia de la actividad humana. La reproducción de la especie también. El antropoceno de la arrogancia y la vanidad humana se manifiesta en falta de humildad ante la no fecundación. Todo se basa en el poder y en el control de la fecundidad. Una ciencia moderna que no sabe de sentimientos, de sentido moral ni común, ni de responsabilidad, ni de empatía y que tampoco sabe los motivos ni las causas de esta alta tasa de infertilidad en países desarrollados.

La reconversión y reutilización de los conceptos tradicionales de feminidad y de los valores maternales a favor de la paz conforman la base conceptual de las posturas ecofeministas, quienes reconstruyen la maternidad destacando sus valores creativos. El movimiento del ecofeminismo, que surge a principios de los años 80 por la unión de los movimientos pacifistas, ecologistas y feministas, presenta a las mujeres como salvadoras de la tierra, al considerar que se encuentran en mayor armonía con la naturaleza debido a su capacidad de ser madres. Este movimiento feminista exalta el principio femenino y sus valores, y propone recuperar la dimensión espiritual de la vida, entendiendo la espiritualidad como el principio femenino que habita e impregna todas las cosas. Esta energía, que permite amar y celebrar la vida, es relevante para el redescubrimiento del carácter sagrado de la vida. Este deseo de experimentar el poder vivo y natural en el interior del cuerpo se manifiesta con gran fuerza en el deseo de tener una hija para experimentar la creatividad y productividad natural del propio cuerpo. Estos procesos distan bastante de lo experimentado en un quirófano de una clínica de reproducción asistida. La espiritualidad de las mujeres se dispone a “sanar a la madre tierra” y a devolver su magia al mundo, celebrando la dependencia hacia la tierra, a la vez que liberándola de la represión violenta ejercida por los hombres.

La civilización patriarcal es el esfuerzo por resolver un problema del género masculino, a saber, el hecho de que los hombres no pueden producir vida humana por su cuenta. No son el principio. El principio son las madres. Sin las mujeres, no pueden producir niño/as. Las madres son el comienzo de la vida humana.   “… está claro que el grupo familiar patriarcal, está, en realidad, en conflicto directo con los instintos que han determinado la asociación humana. El grupo básico que el grupo patriarcal ha reemplazado es la Maternidad… Se sigue de esto que los primitivos instintos sociales de la sociedad no son instintos sexuales sino los instintos maternales…”. Briffault, 2016, p. 146.

Para concluir, el patriarcado es un ente gigante que nos va engullendo, una maquinaria industrial, que acaba con todos los sentimientos, el cariño y los afectos. Cargado de egoísmo, de insolidaridad, de falta de empatía. Se trata de un engullidor que no tiene fin y todos estamos a su servicio como fieles esclavos. Es muy difícil librarnos de él porque está en todos los sitios y también en las maternidades actuales. El mundo actual no está hecho para cuidar a seres humanos, sino para producir seres y ponerlos al servicio del ego y eso hace que nos sintamos muy insatisfechas. La creación de una vida, que debería ser lo más divino, sublime y lleno de amor, se está convirtiendo en un instrumento de producción de éxito y eso es gravísimo. La falta de amor, la soledad y vacío que esta sociedad y esta maquinaria provoca, hace que se quiera un hijo/a para sentir el amor. A la vez sentimos la presión del sistema patriarcal más profundamente porque no hay tiempo para su cuidado y disfrutar de ellas ni de las maternidades. El patriarcado nos engaña con zanahorias de bienestar económico, de posesiones, de banalidades, vendiéndonos que la maternidad  es la felicidad, pero como la estamos viviendo no lo es. Estamos en verdad a su servicio y generamos hijo/as por medio de reproducciones para la alimentación de este sistema. [iv]

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En este sector, especialistas en reproducción asistida se creen verdaderos semidioses engendrando bebés en laboratorios.[v] Se han deshumanizado, no sienten empatía ni solidaridad, trabajan para el ego y el narcisismo, para la máquina. No hay empatía tampoco entre las mujeres, ni entre las madres, infectadas por el virus de la envidia y la avaricia. Cada una ha de luchar desde la capsula donde se encuentra dentro del patriarcado. La verdadera lucha es desde dentro, debilitándolo para que se derrumbe, se caiga, no dándole más de comer. De lo contrario nos va a matar.

Que las mujeres que quieran sean madres puedan ejercer su maternidad, pero no como víctimas que sucumbimos a la inercia social y alienada por el mandato de la procreación, sino como sujetos conscientes, críticos y con capacidad analítica. Que  algún día las mujeres dejemos de sufrir, tanto por ser madres como por no serlo. Que el verdadero amor maternal del que habló Claudio Naranjo, el que da, el que protege, el que crea, tome más fuerza. Que podamos de verdad elegir libremente nuestras maternidades y no maternidades, las asumamos y seamos dueñas de ellas así como de nuestras vidas, con o sin hijas. Que en la diversidad de todas las mujeres con diferentes situaciones, MOTHERHOOD, CHILDFREE, NOMO… nos incluyamos todas. Que los úteros hablen. Que dejen de sufrir aquellas que tanto lloran por no poder ser madres y lo intentan y lo intentan y lo intentan. AMÉN.

  • Adrienne Rich. “Nacemos de mujer. La maternidad como experiencia e institución”. Cátedra. 1996.
  • Briffault R. Las madres. Ediciones La Llave 2016.
  • De Beauvoir, S. El Segundo Sexo. Ediciones Cátedra, 2019.
  • Fernandez Pujana, Irati. “Feminismo y maternidad: ¿una relación incómoda? Emakunde. Instituto Vasco de la Mujer. Vitoria Gasteiz, 2014.
  • Garcia Lorca, F. “Yerma”. Ediciones Castalia. 2011.
  • Hunt Anton, Linda (1993). La decisión de ser madre para la mujer de hoy ¿Realización y libertad personal o dolor y frustración? Gedisa. Barcelona, España.
  • Molina Torterolo. S. El mito del instinto maternal y su relación con el control social de las mujeres. Montevideo 2014.
  • Muñoz, A. (2009). Maternidad: significante naturalizado y paradojal: desde el psicoanálisis hasta el feminismo. Revista Psicología(s),1, 1-11.
  • Saletti Cuesta, L. Propuestas teóricas Feministas en relación al concepto de maternidad. Revista clepsidra. Pp. 169-183: 2008. Universidad de Granada.
  • Tubert, Silvia. “Mujeres sin sombra: Maternidad y tecnología (Desigualdades y diferencias. Siglo XXI de España Editores, S.A; Edición: 1 (Noviembre de 1991).
  • (Winocur, 2012, p.49). El mandato cultural de la maternidad. El cuerpo y el deseo frente a la imposibilidad de embarazarse. Recuperado de http://biblio.juridicas.unam.mx/libros/7/3155/5.pdf
  • http://webs.uvigo.es/pmayobre/textos/marcela_lagarde_y_de_los_rios/mujeres_cuidadoras_entre_la_obligacion_y_la_satisfaccion_lagarde.pdf (Lagarde, M. 2013)

[ii] https://www.youtube.com/watch?v=3YUlCMiMXN8&t=4sç

[iii] En una ocasión, acompañé a una de mis pacientes a una consulta a su clínica de fertilidad y conocí a otra “experta” que trataba a mi paciente después de un aborto y otro nuevo intento fallido de ser madre. Esta especialista actuaba desde una posición fría, alejada y deshumanizada. Mi paciente salió de la consulta en shock después de haber sufrido un aborto y para mi asombro, pretendía ir a trabajar y seguir con su vida normal, como si nada hubiera pasado animada por la especialista. Engendrar o no se convierte en un mero trámite y una sigue con su vida como si tal cosa.

[iv] Cuando tratamos con asuntos como la enfermedad, la muerte, la gestación y el nacimiento estamos tocando con lo sagrado y no debería tratarse tan frívolamente el estado en que esas personas se encuentran. Yo misma fui tratada en alguna ocasión así y me sentí cosificada, como una vaca en un laboratorio.